Deborah, la voz de la conciencia de Michael Phelps

La figura de su madre es tan importante para Michael Phelps que siempre la tiene presente. Cada vez que gana una medalla en la piscina (y han sido muchas) es a ella a la primera a la que besa y abraza en las gradas, a la que regala el ramo de flores que acompaña a la presea. Y rara es la entrevista en la que no la menciona en más de una ocasión. Para todo hijo su madre es especial, pero el nadador estadounidense le debe mucho a la suya. Fue ella la que se ocupó de él y de sus hermanas cuando su padre les dejó de lado y fue ella la que se peleó con todo el mundo entero cuando este se empeñó en desahuciarle.

Deborah y Michael Phelps

Quienes pusieron la cruz a Michael Phelps fueron sus profesores. Las llamadas con quejas a su madre sobre el comportamiento del niño eran continuas. Que si no para quieto. Que si contagia su nerviosismo a los compañeros. Que si es incapaz de mantener la atención en una misma actividad. Tenía escasamente cinco años y algún avispado profesor le condenó al fracaso. Este niño no va a llegar a nada, dijo. La culpa de todo la tenía un trastorno por déficit de atención con hiperactividad que le diagnosticaron después.
Mientras en el colegio los profesionales le daban de lado y los niños se reían de él por su crecimiento desproporcionado (parece ser que los brazos le colgaban demasiado y sus orejas eran objeto de burla), su madre no cesó en su empeño de sacar adelante al pequeño de sus tres hijos. La cura la encontró en el agua. Aficionada a la piscina, se llevó a su hijo con ella y le obligó durante meses, años, a levantarse para nadar. Eso, unido a la medicación, ayudó a Michael a centrarse, a enfocar su hiperactividad hacia una meta.

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La medicación solo le duró unos años. Él mismo, cuando ni siquiera era aún un adolescente, le dijo a su madre que no quería seguir tomándola, que sus amigos se reían de él y que él podía manejar la situación sin medicinas. Y allí estuvo ella para apoyarle una vez más. La natación y la constancia de su madre fueron su tabla de salvación. En la piscina Michael se encontraba a gusto, sus proporciones no eran un problema. Fuera de ella, Deborah seguía peleando día a día para que su hijo saliese adelante y tirar por tierra el vaticinio de aquella profesora que prácticamente lo defenestró.
Deborah Phelps es la mejor defensora que el nadador siempre ha tenido y este se lo reconoce siempre que puede. Ha dicho que le presiona y sabe muy bien cómo manejar a su díscolo hijo. Cuando después del éxito de los Juegos Olímpicos de 2008 (en los que el nadador estadounidense se colgó ocho medallas) le cazaron inhalando de una cachimba de marihuana, lo que más temió Phelps fue la reacción de su madre. La foto dio la vuelta al mundo y las críticas no se hicieron esperar. Pasó de héroe a villano de un día para otro.

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El nadador se dejó llevar por la desidia, pero su madre volvió a tirar de él. Una frase espoleó al de Baltimore para recuperar la forma y volver a batir récords en el agua. Fue algo tan sencillo como “quiero conocer Roma”. Eso le dijo y supo interpretarlo rápidamente. No se refería a hacer turismo sin más, sino a los mundiales de natación que ese año, en 2009, se celebraban en la Ciudad Eterna. Michael llegó, vio y venció. Y su madre no se perdió ninguna de sus pruebas. Allí estaba ella, en la grada, para recibir el agradecimiento de su hijo tras cada triunfo. Es como la voz de la conciencia de Michael. Ella dice que lo que tiene claro es que su papel es el de madre, no el de entrenador o agente y sabe qué es lo que tiene que hacer.