Pintalabios y chupetes

Jill Anderson presenció la muerte de su marido y fue acusada por ello

Las personas con las que te gustaría compartir la vida no abundan. Por ello, la historia que nos llega desde Inglaterra entristece y, también, emociona. Jill Anderson vio cómo su marido se iba consumiendo y perdiendo la salud, hasta que consumó el suicidio que había intentado otras veces. Por presenciar su muerte y no hacer nada fue acusada de homicidio involuntario.

Jill Anderson en su casa de Devon (Inglaterra) Fotografía: Jim Wileman para 'The Guardian'

Conoció a Paul en 1992, cuando ella tenía 37 años, y sintió que era el amor de su vida. Dos años y medio después estaban haciendo preparativos para casarse. Pero su bonita historia se truncó cuando Paul cogió una especie de "gripe" que pareció no curarse durante semanas. Veinte años después, en 2003, Paul cometió suicidio, tras varios intentos. Entre la primera fecha y la segunda, su mujer asistió al empeoramiento progresivo del marido y se convirtió en su cuidadora veinticuatro horas, sin tener explicación factible, durante años, de qué problema estaba mermando las fuerzas del hombre al que quería.

Hasta que un médico sí encontró una explicación para el cansancio permanente y el dolor muscular, entre otras dolencias: Paul sufría síndrome de fatiga crónica o encefalopatía miálgica (EM/SFC). Sistemas tan vitales como el inmunitario, el neurológico, el cardiovascular y el endocrino se ven afectados progresivamente, y los tratamientos sólo sirven para paliar el dolor (en el caso de Paul, tampoco).

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Cada vez se cansaba más deprisa y dejó de dar largos paseos por el campo. Se vio obligado a dejar de trabajar y, al final, también abandonó su hobby más querido, salir de pesca. Mientras lo veía empeorar, Jill se esforzaba por hacer su vida un poco más llevadera. La primera vez que Paul intentó quitarse la vida, dejando una carta de amor para su mujer, ella lo llevó al hospital de inmediato. Pocos meses después lo intentaba una segunda vez, tomando píldoras. No soportaba la idea de verse postrado, a punto de solicitar un subsidio como incapacitado permanente.

En el cuarto intento, lo consiguió. Cuando Jill lo encontró moribundo al volver de la compra  se sintió derrotada. Esa vez no hizo nada. Lo dejó dormir y él murió al día siguiente por la mañana. Pero pocas semanas después fue arrestada y acusada de asistencia al suicidio y homicidio involuntario. El juicio se celebró en 2005 y, a pesar de las dificultades por demostrar que aquella vez sólo dejó cumplir su voluntad, fue absuelta. En la entrevista que ha dado a The Guardian ha declarado que hasta que no terminó el juicio, no comenzó el duelo por su pérdida. Además, ha contado su historia en un libro. ¿Qué harías tú por la persona que amas si ésta quiere dejar de vivir?