Carlota Casiraghi, una princesa en mocasines

Carlota Casiraghi destila una tranquilidad casi sobrenatural. La forma en la que mira, en la que ladea la cabeza, en la que camina y posa, todos estos pequeños detalles son la muestra de una personalidad que cuesta detectar no solo en su familia –la real de Mónaco–, sino en todas las monarquías europeas.

Carlota Casiraghi en una imagen de la campaña de Gucci.

Se suele hablar con veneración de la belleza calma –y también sobrenatural– de Carlota, ésa que ha heredado de su madre y de su abuela –Carolina de Mónaco y Grace Kelly, respectivamente– de manera tan prodigiosa que casi parece el resultado de un ritual mágico. Se habla mucho también del don que tiene a la hora de elegir vestuario y de la pareja tan perfecta que hacía con Alex Dellal y, ahora, de la que podría hacer con el actor francés Gad Elmach.

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Pero no se suele hacer demasiado hincapié en su pasión por la literatura y el periodismo
y esas son, además de la equitación, las cosas que más interesan a Carlota, que fundó su propia revista, Ever Manifesto, en 2009.

Precisamente en un ambiente ultra relajado en sintonía con esa tranquilidad que Carlota emana, la han retratado los fotógrafos Inez Van Lamsweerde y Vinoodh Matadin –súper estrellas de la fotografía de moda, conocidos como Inez & Vinoodh– para la nueva campaña publicitaria de Gucci.

Es la tercera vez que Carlota Casiraghi es elegida imagen de la marca italiana de lujo y la primera vez que las fotografías no la sitúan en un ambiente ecuestre
. Al fin y al cabo, Frida Giannini y Carlota se conocieron e intimaron a través de su pasión compartida por los caballos y el símbolo más reconocible de Gucci –la tira de rayas roja y verde– está vinculado directamente a la equitación, ya que Mr.Gucci lo diseñó en los 50’s después de inspirarse en los colores de una silla de montar a caballo.

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En esta ocasión, Inez & Vindoodh –que relevan a Peter Lindbergh– la han retratado rodeada de libros y vestida como uno se imagina a una niña bien: mocasines de piel, blusa blanca de seda y pantalones con un toque masculino.

La localización en la que se ve a Carlota tumbada y leyendo es directamente proporcional a la vestimenta: el típico salón de sillones enormes tapizados a rayas, mesa de mármol, fotografías familiares, jarrones de flores… Y un necesario guiño ecuestre: en la mesa, enmarcada, una fotografía de una distinguida dama a caballo. Hay cosas que es mejor que no cambien.