Fetichismo en el armario

Fetichismo en el armario

"Una epidemia erótica afecta a Occidente. El hastío sexual está causando verdaderos problemas en las parejas, casadas o no. Porque una pareja sin sexo es una pareja en peligro, y la falta de deseo es el secreto mejor guardado de muchos hombres". Son frases de la eminente sexóloga y consejera matrimonial norteamericana Michele Weiner. Las causas de esta decadencia del deseo son múltiples, pero muchas derivan de la rutina que supone la obligación de mantener relaciones sexuales siempre con la misma persona, cayendo en una especie de monotonía de alcoba que convierte el coito en un acto mecánico y poco placentero. Muchos han encontrado una salida en el mundo de la fantasía erótica y la imaginación. Y aquí es donde entra el noble arte del disfraz lúbrico. Vestirse de otras personas y actuar para provocar excitación. Simular situaciones morbosas en el límite del deseo. Jugar a ser otros y optimizar los orgasmos.

Aunque la moda del disfraz erótico estalló con la revolución industrial y se desarrolló especialmente en países como Japón o Inglaterra, no es nueva. Ya en la Edad Media se realizaban ritos paganos heredados del Paleolítico en los que se usaban disfraces de ciervos con una connotación mágica y sexual que servía de excusa para comportarse como bestias en celo. En los siglos posteriores, los disfraces siempre estuvieron unidos a las fiestas y bacanales... hasta llegar a la edad contemporánea, en la que, gracias a la democratización del orgasmo y a la liberación de las parafilias (o, mejor dicho, a su bautismo de fuego), nos encontramos con un panorama en el que aumenta la tendencia a disfrazar a las chicas para multiplicar el morbo.

Después de las grandes guerras, con la llegada de la estabilidad económica y, por consiguiente, del aburguesamiento y la narcotización de los instintos, nació la cultura pop, la enfermedad consumista por excelencia, que para cada carencia tenía una solución artificial. Las chicas disfrazadas, las superheroínas, las pin ups... la mujer transformada en fetiche fantástico se puso de moda. Como si fueran niños jugando con muñecas, los hombres vestían y decoraban a sus mujeres en función de sus más inconfesable deseos. Se dice que el mismísimo Elvis, rey del rock, disfrutaba vistiendo a su Priscilla de monja o de colegiala.

A medida que transcurría el siglo XX, el disfraz erótico, que en principio era algo hecho por encargo, se fue difundiendo hasta que, con la explosión de los sex shops en los años 70, se comenzó a fabricar en serie. En los 80 y los 90 se convirtió en algo casi habitual, y ahora, en pleno siglo XXI, es el pan nuestro de cada día. Basta con acercarse a cualquier tienda erótica para encontrarse con surtidos guardarropas repletos de disfraces. En La Juguetería de Madrid, tienen una colección que abarca buena parte de los morbos del hombre contemporáneo: desde el sencillo disfraz de colegiala, con su faldita, su blusita y sus medias, hasta el aparatoso uniforme militar de látex, muy parecido a uno que tiene Dita von Teese. Entre ambos, un amplio abanico: disfraces de mujer policía, de conejita de Playboy, de enfermera, de diablesa con capa y cuernecitos y de pin up militar, entre otros muchos.

Los más tímidos también pueden comprar sus disfraces eróticos de forma anónima a través de Internet. Junior Member regenta uno de estos sex shops virtuales, llamado Infierno. En su opinión, "los disfraces eróticos abren una puerta a la creatividad. Para llevar uno de estos disfraces, la mujer debe ser desinhibida y un poco actriz. No se trata de tener un guión escrito, sino cierta coherencia para desarrollar la fantasía. Por ejemplo, que hable de forma aniñada si se viste de colegiala. El hábito no hace al monje, pero ayuda. Lo demás es trabajo de la imaginación". Los especialistas son los primeros en recomendar a sus pacientes más aburridos que prueben a jugar con disfraces para reactivar su vida sexual. La sexóloga Patricia Soto afirma que "la química de la pareja se desgasta con el tiempo y el disfraz erótico es un buen recurso para no perder el fuego". Sin embargo, advierte que no es bueno transportar el rol erótico a la vida cotidiana: "La mujer no debería sentirse invadida o atrapada por el personaje que atrae sexualmente a su pareja, sino sencillamente conceptualizarlo como un aderezo de su placer. Lo más importante es que nunca entre en juego la seguridad ni el equilibrio de la mujer".

Porque, según las encuestas, la mayoría de las mujeres se presta a estos jueguecitos sólo para complacer a sus parejas: el 90% de los hombres ve incrementado su deseo con los disfraces, mientras que sólo el 30% de las mujeres necesita teatro para meterse en faena. De éstas, la mayoría son treintañeras que llevan muchos años de relación. Como afirma una aficionada a este tipo de juegos: "Antes los disfraces me dejaban fría, pero tras diez años de casada, algo hay que hacer para romper la monotonía".A ellas les gustan los disfraces de ejecutivo, de bombero, de superhéroe marcapaquete (especialmente, Batman y Superman), de mecánico y de gladiador. Algunas se vuelven locas vistiendo a su novio de mujer. En el caso de los hombres, la lista la encabeza el disfraz de colegiala, con la única excepción de Estados Unidos, donde prefieren el traje de animadora, que en el fondo viene a ser lo mismo. Le siguen en popularidad los disfraces de ejecutiva, policía, profesora, tenista, enfermera, azafata, doncella erótica, monja, campesina y prostituta.

En el siglo XXI, los disfraces se han perfeccionado hasta extremos insospechados. En Japón, uno de los países más aficionados a estos juegos de roles, los fetichistas del disfraz, no contentos con ataviar a sus hembras con los atuendos más retorcidos, asisten a clubes donde, pagando un dineral, pueden disfrutar de su fantasía en un hiperrealista decorado. Por ejemplo, hay vagones de metro para practicar frotamientos con falsas ejecutivas, aulas de cartón piedra para impartir clases eróticas o piaras para revolcarse con mujeres disfrazadas con orejas y morros de cerdita.

En los últimos años también se han puesto muy de moda los furrys, fetichistas aficionados a disfrazarse de muñecos de peluche. Cada uno de ellos escoge el disfraz de un bichito que se adapte a sus personalidad (pingüino, conejo, alce, ardilla...) y luego se juntan para dar rienda suelta a sus instintos animales. El movimiento furry cada vez crece más en número e intensidad: se celebran convenciones internacionales y más de uno ha pasado por el quirófano para adaptar su fisonomía a la de su peluche favorito. Pero los furrys y los transexuales no son los únicos fetichistas que recurren a la cirugía estética para perpetuar su fantasía: por ejemplo, hay chicas que se operan para aniñar sus rasgos faciales y adaptarse mejor a su rol de colegiala. La penúltima frontera atravesada, cómo no, por los japoneses es el kokigami; es decir, el arte de vestir el pene con un disfraz de papel. No, la imaginación humana no tiene límites, sobre todo cuando se trata de ir en busca del morbo perdido.

Para empezar por algo sencillo, repasamos los disfraces más calientes:

1. La criada

¿Quién no se ha masturbado alguna vez pensando en la chica de la limpieza? Para hacer realidad este sueño lúbrico, nada mejor que disfrazar a la novia con cofia y delantal y obligarla a dejar la casa como una patena.

El hombre que viste a su mujer de doncella erótica (vulgarmente llamada "pornochacha") suele ser un amo arrogante con aires de gran señor; le gusta hacer la prueba del algodón y, si hay polvo, azotar a su amante con el plumero. Más tarde, la sodomizará sobre la tabla de planchar.

Esta fantasía también enardece a muchas mujeres: las webs de contactos están llenas de chicas que se ofrecen a limpiar gratis pisos de desconocidos, vestidas sólo con medias y delantal.

2. La colegiala

El disfraz más popular entre los fetichistas es un flashback a la infancia, cuando el sexo aún era un misterio por resolver.

El hombre que viste a su chica de colegiala es nostálgico y paternal; le excita encontrar una auténtica mujer bajo el disfraz de niña. Disfruta en el rol de maestro que desflora inocencias ocultas con faldita escocesa, trenzas, calcetines blancos, mocasines y braguitas de algodón.

Ella le regala sus manzanas calientes y él le pega con la regla en el culo. El resto es fácil de imaginar.

3. La azafata

La azafata es un elemento pasivo, porque está a nuestro servicio, y también activo, porque sólo ella puede moverse.

El hombre que viste a su mujer de azafata es caprichoso y dominante. Le gusta pedir y ser complacido. Prefiere recibir que dar placer. Es el único que no parpadea cuando una azafata de Iberia explica cómo colocarse el chaleco salvavidas. En su mente, visualiza una felación en el estrecho lavabo de caballeros. La fantasía está servida en bandeja de plástico.

4. La enfermera

Para jugar a los médicos no hay más que vestirse de paciente y disfrazar a la chica de sanitaria.

El hombre que se excita con las enfermeras tiene alma de convaleciente y temperamento pasivo: se deja llevar y prefiere que ellas manden en la cama (o, mejor dicho, en la camilla). Las posibilidades de esta fantasía son meridianas: ella entra en la habitación armada con aspirinas y un bote de plástico, dispuesta a extraer una muestra de semen del enfermo.

En los sex shops hay disfraces de enfermera con aberturas estratégicamente situadas y lencería con cruces rojas. Aun así, hay quien se apaña con un batín blanco y una cofia de cartón.

5. La monja

El penúltimo tabú se rompió en España a mediados de los 80, cuando TVE emitió la película erótica 'Interior de un convento'. Desde entonces, añadimos el disfraz de monja al fondo de armario erótico para fantasear con la idea de mancillar a una mujer casada con Dios.

El hombre que viste a su chica de monja suele tener pasado religioso, incluso opusino, y se excita transgrediendo su credo, disfrutando del inmaculado morbo del hábito monjil. Si sor Citroën levantara la cabeza...

6. La policía

Un disfraz que le sienta como un guante a mujeres duras, violentas y autoritarias, ansiosas de abusar de su poder vaginal.

El hombre que disfraza a su chica de agente de la ley para jugar a polis y cacos es sumiso por naturaleza. Un hombre que disfruta siendo esposado, atado, detenido y castigado. Un hombre que, en un momento dado, no le haría ascos a un travesti: le encantan las mujeres viriles armadas con una buena porra.

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