Cómo hablar de política sin que salgan corriendo

Cómo hablar de política sin que salgan corriendo

Puede que tocar el tema de la política sea el party killer estrella durante la Perfecta Cita Intranscendente de Verano, pero tampoco hay por qué evitarlo, por varios motivos: tratado con moderación dice bastante de ti. Segundo, nunca está de más comprobar si la futura madre de tus hijos pertenece a ese cuarto de la población que jamás vota: la mujer ideal es la que nunca te deja tirado en una fiesta, ni siquiera en la de la democracia. Tercero, casi cualquier ideología se puede usar para ligar, aunque luego ellas se casen con el señor del coche grande. Cuarto, cualquier tema que no sea Las Ex o el tiempo va por el buen camino.

Desde GQ tenemos unas pequeñas recomendaciones para no caer en el duermemocismo o la pérdida completa de papeles.

1. No seas hooligan


Si el voto es secreto es por algo, amigos forofos. Una cosa es que se vea levemente de qué pie cojeas y otra sacar los colores a relucir. A nadie le importa lo que hayas votado, y "un caballero nunca lo cuenta", con ningún tipo de urna. Hablar de política es como hablar de fútbol: esta bien en su dosis justa siempre que te centres en el deporte y no en el equipo. Lo último lleva asociado siempre ese Mr. Hyde del hombre contemporáneo, el síndrome del entrenador (que es lo mismo que cuando te pones a arreglar el mundo con dos copas de más: bien con los amigos, mal en el resto de interacciones), que indefectiblemente te llevará a una retroalimentación propia de nefastas consecuencias: venirse arriba. Cuyo resultado final más posible es que acabes levantándote de la mesa en un ataque de Basil Fawlty. Pero no te preocupes por la imagen que des: ella habrá salido corriendo diez minutos antes, con la copa a medias y la marca de sus uñas sobre la formica.

En su lugar, toma prestadas dos técnicas del manual de seducción de Don Draper: sé misterioso y da detalles vagos sobre tu historial político. Estamos en el aquí y el ahora, nena.

2. Cuenta tus ideas

Sé un poco político, vaya.

Pero con cuidado. Puede que la política actual no se base tanto en la retórica como antaño, pero tiene muy aprendida una lección clásica de la sociología: la espiral del silencio. Si repiten tanto eslogan de consumo fácil y repetición mecánica no es porque no den más de sí, sino por aplicar la idea acuñada por Elisabeth Noelle-Neumann: que nos callamos todo lo que no creemos que sea la idea que piensa la mayoría. Con lo que la idea minoritaria se hace predominante. Noelle-Neumann se ha quedado un tanto desfasada en tiempos de las redes sociales, pero a nuestros políticos les sigue funcionando de maravilla. A ti, sin embargo, te causará el problema contrario: el eslogan acaba con las conversaciones.

Si tenemos que fijarnos en algo de nuestros políticos a la hora del sarao o la cita, mejor hacerlo con sus lugares de reunión favoritos: los bares de sus hoteles predilectos, donde hasta se puede jugar al avistamiento y poner la orejita para las filtraciones, si quedas a la hora del brunch. Existe un circuito habitual, del que nos quedamos -especialmente para la noche- con la terraza del Urban, menos solemne y entorno ideal para que no seamos nosotros quienes saquemos el dichoso tema.

Una vez allí, si tienes ideas propias (¡olvídate de si tienes razón o no, maldita sea!) y las expones te estás anotando dos puntos, aparte del de saber usar lo que tienes entre las orejas: el de la valentía y, más importante, el de estar contando algo nuevo. Para escuchar lo mismo con parecidas argumentaciones, tus interlocutores ya tienen los telediarios. Donde además se lo dan en segmentos de 20 segundos. O, como decía Walter Benjamin, "la gente no quiere opiniones sin más, sino juicios de valor". Sabes que los tienes y, oye, si son polémicos, otro punto a tu favor: acabas de ganar una conversación en vez de un puñado de tiempos muertos unidos por un abanico inane de lugares comunes.

Pule tu vocabulario, de paso: hay un lugar muy especial en el Infierno para los que usan "con la que está cayendo" hasta para elegir el postre. Incluso cuando llueve de verdad.

3. Vende tu moto

Durante la primera escena de 'The Newsroom', el presentador Will McAvoy (Jeff Daniels) pasa por los dos puntos anteriores en un debate con estudiantes de Periodismo. Primero intentan que defina con qué partido se identifica -sin éxito-, y luego una joven rubia all-american le pregunta que por qué cree que Estados Unidos es el mejor país del mundo. McAvoy se resiste a contestar la pregunta, hasta que por fin afirma que no cree que lo sean, por una serie de indicadores sobre calidad de vida. En uno de esos momentos de Aaron Sorkin por los que un hombre puede y debe llorar, ante la indignación por el antipatriotismo que muestra, el presentador parafrasea al Sam Seaborn (Rob Lowe) en 'El Ala Oeste de la Casa Blanca': "Antes llegábamos hasta las estrellas". El sofismo definitivo para aligerar la paletada de datos, vaya: "ya no vamos a la Luna, ¿cómo vamos a molar?". Después de eso, si no caía un hatefuck con la patidifusa rubia es porque McAvoy es un señor.

Ninguno de nosotros tenemos a Sorkin para que nos guionice una cita. Pero nos quedamos con la premisa: si tenemos que hablar de la aburridísima economía y los datos que la sustentan, podemos hacerlo a la manera política estándar (escupir cifras con monocordia) o darle un giro, usando de muleta sorkiniana lo que tengamos a mano. Lo primero, además, no funciona: el cerebro no está preparado para entender las dimensiones de las grandes cifras, pero sí para las metáforas visuales. No estamos hablando de sacar el iPad y explicarlo todo con dibujos de Draw Something. Pero siempre podemos contar lo del bizcochito de 'Cazafantasmas' para explicar la prima de riesgo y otros arcanos.

4. No seas arcano


A nadie le gusta un cenizo. No sabemos cómo fue la vida social de Paul Krugman, pero nos la podemos imaginar: joven economista conoce a chica, le cuenta lo del bizcochito haciendo un símil de la deuda yanqui con un filete -"sería como una vaca de grande y no podrías irte de aquí hasta que no te la comieras entera"-, chica sale corriendo, se hace vegetariana y agorafóbica, llora al ver noticias sobre ganado o entregas de Premios Nobel de Economía. Si somos pesimistas por naturaleza es porque somos los hijos de la Guerra Fría y sus postapocalipsis, pero ten en cuenta que no te vas a encalomar nada si te pones en modo Mad Max. A ti te pone porque te ves en un futuro de canción de Los Ilegales, con chupas de cuero y motores V8 rugientes por el páramo... Pero la imagen que le va a venir a ellas es la del pelo de Tina Turner.

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