¿Por qué las mujeres se acuestan con un tío con barba, pero se casan con un señor afeitado?

¿Por qué las mujeres se acuestan con un tío con barba, pero se casan con un señor afeitado?

Mariano Rajoy tiene un grave problema: es demasiado sexy. Y no, no es culpa suya, es cosa de la barba. Las mujeres ven esa exuberancia tardo-canosa de vello facial a lo George Clooney, les sube la bilirrubina y pagan la frustración de no poder ayuntarse carnalmente –ya está pedido– con semejante ejemplar de protohombre en forma de críticas a la subida del IVA; o de diatribas a los recortes en sanidad, educación y desempleo –los hombres hacen lo propio, a qué buscar otra explicación, por pura envidia–.

Todos sabemos que son medidas ponderadas, ajustadas a la situación del país y, qué duda cabe, necesarias, pero tales decisiones están siendo pésimamente explicadas –y peor percibidas–. Para convencer a esas amas de casa que constituyen el colchón electoral del país, Mariano Rajoy debería afeitarse. Sólo de ese modo se convertiría en el yerno perfecto a lo Emilio Butragueño al que toda maruja de bien aspira y al que se le perdona cualquier atropello –véase Zapatero–. ¿Quién le hace reproches a Luis de Guindos, un tío antimorbo con todas las de la ley? Pues eso.

No, no desvarío. Hay un estudio científico y todo. Me lo explicaba en Milán la semana pasada una representante de Gillette en la presentación de su último producto. ¿Una maquinilla con un cabezal de diecisiete hojas del tamaño de un iPhone? No, atorrantes lectores. Gillette, abanderada durante décadas del apurado perfecto, lanza al mercado un híbrido entre trimmer y cuchilla destinado a bohemios, artistas, escritores, jóvenes y demás ralea. Lo cual le lleva a uno a pensar que todo pasa y todo vuelve. Goodbye Michael Phelps. Welcome Mark Spitz. O algo así. El vello facial es sexy, no hay más que hablar. Y quiero dejar claro que tal afirmación no está impuesta por nuestro ínclito editor de GQ.com –cuyo avatar en twitter está creando tendencia, qué duda cabe– ni por mi propio estilismo facial, barbudo por convicción.

Un hombre con barbita de tres días, perilla, bigote o patillas a lo Curro Jiménez despierta tan bajos instintos en las damas que uno se pregunta por qué no ha condenado aún semejante desaliño la Conferencia Episcopal (¿alguien ha visto alguna vez a un Papa, obispo o cardenal con barba, a pesar de que su jefe supremo vino al mundo con una bien poblada? Pues eso). Y ahí volvemos a Rajoy y, si se me apura, a Rubalcaba que, por increíble que parezca, obtiene peores cifras de popularidad que el Presidente del viernes 13 –ya se sabe, las encuestas de intención de voto las carga el diablo; y el diablo lleva una perilla de chivo-, como es bien sabido.

Según estudios de la marca estadounidense antes mencionada, líder indiscutible en estas cosas del afeitado, casi el 70% de los hombres en EE.UU. se han vuelto tolerantes en lo que a su vello facial se refiere. Del totalitarismo del rasurado total, al sesentayochista lema de la imaginación al poder. En Europa, por aquello de que las tendencias tardan en cruzar el charco, la cifra se reduce al 50%. Y en España, que no en vano está condenada por una cordillera infranqueable en el norte, al 30%. Pero la tendencia es irrefrenable. Cuando Gillette pone sus barbas a remojar...

En resumen: una mujer contempla a un tipo rezumando testosterona en su rostro de papel de lija y pone al instante un cartel de superficie deslizante en su entrepierna. Por el contrario, cuando percibe el intenso olor a after shave en un hombre de esos que se visten por los pies –como dios manda, que diría el ínclito protagonista de nuestra historia– sus hormonas se conectan de inmediato por bluetooth a la tarjeta de crédito y encarga online un vestido de Pronovias. Es así, lo dicen esos científicos que, por extraño que parezca, viven al margen de bosones de Higgs.

Así pues, lo que les fastidia a esos mineros amigos de las caminatas inútiles e insensatas no es que les recorten unas ayudas que pueden acabar con su modo de supervivencia, sino que se lo digan con toda la barba –que las gaviotas me perdonen, pero creo que no es casualidad que José Manuel Soria (ministro de industria, energía y turismo) se afeite su aznaril bigote según las circunstancias–.

Confesaré, amigos lectores, que empecé a dejarme una antihigiénica perilla alrededor de mi deslenguada boca por pura pereza. ¿Menos superficie que afeitar? ¡Guay! Poco sabía entonces del mensaje que tan azarosa decisión estaba enviando a las féminas y al mundo en general. Pero ahora soy consciente de que tal viraje vital ha determinado lo fecundo de mi lista de amantes y lo parco de mis éxitos vitales –por supuesto, permanezco soltero y sin compromiso–. Vosotros aún estáis a tiempo. Podéis elegir. Igual, hasta llegáis a subsecretarios. El premio es grande: un chalet adosado y la admiración de suegros y conspicuos próceres de la patria. Vuestros polvos no serán gran cosa, pero es algo que se puede sacrificar por un bien mayor. París bien vale un rasurado.

Como ejemplo, un muestreo rápido realizado por mí sin ningún rigor y sin ningún valor estadístico: "¿Te puedo tocar la barba?", me preguntó muy polite una señora en la presentación internacional de Fusion Proglide Styler en Milán –por supuesto, en petit comité y con un propósito meramente científico–. "Es suave, está bien. Es que el vello facial de mi marido es como alambre. Me resulta muy atractivo con barba, pero cuando se la deja me resulta imposible besarle".

¿Necesitas más datos? Tú escoges: convertirte en un objeto sexual al que, como a las prostitutas, no se besa, o en un achuchable novio ideal al que se puede confiar una vida de feliz matrimonio. Ahora bien, como el recorte con afeitado entra, entonemos todos –por el bien del país– este lema pancartero al unísono: ¡Aféitese, señor Rajoy, aféitese!

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