Cómo sobrevivir a una mudanza

Cómo sobrevivir a una mudanza

Venga, lo voy a decir: tres mudanzas equivalen a un incendio. Es la frase ésa de Benjamin Franklin que parece que habla de pérdidas, pero que en realidad resume tu estado de ánimo si ahora mismo te estás mudando. De hecho, se convierte en un mantra. Una mudanza es un caso insólito de violencia in crescendo. 'La guerra de los Rose', aquella película malrollista ganaría una barbaridad si tratara de una mudanza y no de un divorcio. Y podría terminar igual.

1. Si te la hacen

Las mudanzas usan matemática cuántica. En el camión entra una cantidad X de objetos y sale una cantidad Z. Concretamente a mí me voló el ZX Spectrum que tenía guardado para venderlo a algún museo arqueológico. También puede pasar –pero menos– que salgan más cosas de las que entraron. En mi caso fue una familia monísima de piojos. También hay que tener en cuenta que tu señora va a aprovechar para tirarte esas zapatillas que son para ti como un animal doméstico por el cariño que las tienes y por el aspecto de bicho peludo informe.

2. Sí la haces tú. Yo una vez hice una con un amigo campeón del Tetris y cupo todo

Mudanzas artesanales. Es cuando llevas las cosas una a una en algún transporte público. Estas suelen darse cuando tus amigos estaban liadísimos ese fin de semana. Cuando hayas subido por quinta vez al metro cargado de cajas te preguntarás por qué no ofrecerías Vega Sicilia e Idiazabal en lugar de cerveza y panchitos.

La mudanza es la tumba del amor. Yo tuve una novia con la que tenía una relación como un minué en la que las dos frases de arriba del todo del ranking eran "Sí, amor" y "lo que tú quieras, cari". De  eso me acuerdo. Pero sobre todo la recuerdo el último día de la única mudanza que vivimos golpeando frenéticamente mi ordenador contra una esquina de la nueva casa, con el teclado desdentándose a toda velocidad, con las letras volando a nuestro alrededor. La "a" de amor, la "c" de cari, la "s" de sexo.  Lo hizo por amor, concretamente por no cascármelo en la cabeza, que era su primera opción.

El problema aquella vez, por si queréis escarmentar en cabeza ajena, fue una sucesión inevitable de catástrofes, decidida ya de antemano por el destino o los dioses, como en las mitología nórdica o en la tragedia griega y, por lo demás, supertípica de las mudanzas:

a) Contraté a un mudancero para que recogiera todos los muebles de la casa y 38 cajas llenas de trastos.

b) Dejé a mi novia en casa encargada de abrirle y me fui al pueblo a esperar a que llegara con parte del material para guardarlo en una iglesia mudéjar del siglo XII en lo que les encontrábamos una ubicación mejor.

c)
Resultó que eran las fiestas de mi pueblo.

d)
Mi novia decidió darle a los mudanceros tan sólo cinco cajas y la mitad de los muebles y bajar ella misma los bultos más pesados, del sofá a las cajas de libros, mientras ellos, supongo, competían en silbar airosamente los himnos de inspiración hispana de sus bellos países de origen.

e)
Un poco por miedo a dormirme, decidí esperar despierto al camión, y, en fin, ya que estaba, pues me integré en las fiestas del pueblo, ligeramente al principio y hasta las cejas al final, toreando vaquillas y desayunando y duchándome con lo mismo (vino).

f)
cuando llegaron los mudanceros con la mitad de los muebles y me pidieron más pasta en plan chantaje, a mí no me pareció mal, "sois mis mejores amigos, cabrones, que no os falte de nada". 

g)
Al día siguiente, estábamos con la mitad de los muebles en casa, sin presupuesto para contratar una nueva mudanza y con una resaca muy grande.

Lo que siguió fue una época marcada por un lento traslado de una docena de muebles y 33 cajas prácticamente una a una como mulos de carga. Y una discusión eterna en la que sabíamos que ninguno de los dos íbamos a ceder en el reparto de las culpas. Era la primera vez que me sentía mala persona, que me alegraba si ella se golpeaba con el pico de una caja o se rompía algún hueso de la espalda cargando una caja llena de botellas. Me alegraba de una forma sincera y confortadora. Y sabía que ella también.

¿Por qué hicimos aquello? ¿Por qué ella decidió ofrecer unas vacaciones pagadas a los mudanceros y yo bebí tanto? Pues porque lo que caracteriza a una mudanza es la suspensión de la lógica. Y que bebes mucho.

Las cajas en la nueva casa. Van a estar mucho tiempo contigo así que hazles un hueco en tu vida. Serán tu nueva mesa, el puff de las visitas, un tema de conversación recurrente  que no te permitirá aburrirte nunca con tu chica y un método económico de fortalecer las espinillas.

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